Quiero inaugurar mi blog con unas profundas disertaciones que a la mente me vienen sobre una de mis actividades preferidas, la venganza. Hay dos tipos de venganza: la real, la que se medita, la que se pasa uno largo tiempo planificando, y que suele ser de puñalada trapera, por la espalda, y frecuentemente contra alguien contra el que ya no tenemos nada o casi nada. Y la imaginaria. La que sólo ocurre en nuestra mente. Esta es mi preferida. Quizás sea porque soy un cobarde, que siempre ha rehuído el enfrentamiento, o quizás porque me queda mucho en la cabeza de las historias de justicieros, esos tipos valientes, cachas y metrosexuales que no dudan en enfrentarse al mismísimo diablo para defender sus intereses, lavar su imagen, resarcirse de tremendas afrentas o simplemente impresionar a alguna bella doncella.
Yo desgraciadamente reconozco que soy más de la vertiente rencorosa. Por ejemplo, si un compañero me hace una jugarreta en el trabajo, sé que muy probablemente no voy a hacer mucho más aparte de echarle un chorro de laxante en el café. Todo el mundo sabe que es un corte lo de cagar cual hormigonera en el trabajo, y que todos esos olores escatológicos que todos los humanos, menos yo, despiden cuando hacen de vientre, puedan expandirse en total libertad por el despacho. Pero claro, esto no mola. Por mi cabeza pasan imágenes en las que tranquilo y taimado, con mi traje azul marino de Ermenegildo Zegna y mi Rolex Daytona en la muñeca, señalo a ese mismo compañero de trabajo, y delante de una oficina en la que reina un silencio sepulcral, sólo roto por la respiración entrecortada de la requetebuenísima secretaria que me mira en un sinvivir mezcla de emoción y deseo, le espeto:
-“Mira Martínez, esto de decirle a nuestra jefa que yo he sido el culpable de perder nuestra mejor cuenta no ha estado bien. Me dá igual que estés tan cachas que te llamemos a ti cuando el montacargas no puede con el pedido anual de papel para toda la oficina. O rectificas de inmediato o te meto un brazo por una manga.”
En ese momento, le lanzaría una mirada Acero Azul* y guardaría un momento de silencio dramático, antes de que Martínez, deshinchado, tembloroso y muerto de vergüenza, me diría:
-“ Tienes razón Torreblanca, he sido un capullo. Le dije a la jefa que tú habías sido el culpable de que perdiéramos la cuenta… Pero es mentira Torreblanca, y ahora que lo sabes… oh! No soy capaz ni de mirarte a tus hermosos ojos negros, lo siento… lo siento de verdad… y aquí estoy, ante ti, suplicando que por favor no seas demasiado duro conmigo y que no me hagas sufrir demasiado con tu fuerza sobrehumana. Que ya sé que aunque tú estás de cachas lo justo como para que te quede de muerte tu Ermenegildo Zegna, eres mucho más fuerte, hombre y buen amante que yo”
En ese momento yo le agarraría del hombro, con mano firme, lo que provocaría un sobresalto en el pobre Martínez, y con una voz cálida, llena de compasión, le diría:
-“Martínez, reconocer tu error te honra. Ahora, sé un hombre y dimite, y no te preocupes por tus cinco hijos que Zapatero dice que nadie se vá a quedar sin subsidio. Adiós Martinez, y procura no cometer este error otra vez…”
En ese momento, me daría la vuelta y saldría por la puerta tranquilamente para tomarme un tentempié en Lhardy, dejando atrás a una oficina emocionada y agradecida de saber que en el mundo existen personas tan valientes, íntegras y guapas como yo.
Lo que pasa es que esto no me suele suceder. Por ejemplo mi físico. Para empezar, hace unos meses tuve que hacerme una ficha de cliente habitual en el departamento de tallas grandes de El Corte Inglés, lo que no vá demasiado con esa figura helénica que tiene que tener mi justiciero. ¿Y sabéis que? Ermenegido Zegna sólo fabrica hasta la talla 58… Claro, pensaréis que para eso están las marcas americanas, que no tienen complejos en fabricar cuádruples XL, pero hombre no es por comparar, pero como la hechura y finura de un traje italiano… Es como comparar a Daniel Craig con Sean Connery… Pues eso, para mearse de la risa. El primero siempre será Bond… James Bond, y el segundo siempre será Carra… Ma Carra. Con este atractivo visual tan dudoso, las posibilidades de vengarme de Martínez ya han descendido dramáticamente y es que señores, para ser un justiciero además de valiente hay que ser delgado y cachas. Así que asumido que no voy a poder impresionar al auditorio con una magna actuación, me decido a volver a lo mío, a lo ruín. Dicen que la venganza se toma en plato frío. Esto suena muy bien pero es de gentuza. Vamos a ver, la venganza es un derecho, ¿porqué tenemos que esperar a que el tipo no se lo espere? Tal como lo veo, no es malo vengarse, es el ojo por ojo de toda la vida. Ahora, lo de esperar a que nuestro adversario se confíe no me vá. Uno será ruín, si, pero ruín con complejos. Así que creo que optaré por el chorro de laxante en el café, que no será de valientes, pero al menos me asegura que la secretaria buenorra no querrá ni oler a Martinez :-)

